La mirada: el más minúsculo de los intersticios 

Mirame fijamente y respondé con sinceridad, ¿acaso somos conscientes del arma letal que poseemos? ¿Sabés que nos impondrán ver lo que sea y únicamente miraremos lo que nos plazca?Los ojos, la ventana innata y tal vez más frágil que existe, nos permite tanto ver como mirar cualquier mundo. Hablamos de ver al “percibir algo material por medio del sentido de la vista”; una acción que no controlamos, a no ser por el hecho valiente de taparnos los ojos. Por otro y más apasionante lugar, el mirar, “dirigir la vista hacia algo y fijar la atención en ello”, encierra una grandiosa complejidad; se trata del desconocido divino derecho de atravesar personas.

La mirada comprende segundos o minutos que exigen una dosis de consciencia ante el acto o la persona que se nos enfrenta. Esta última, tarde o temprano advierte que está siendo atravesada y así, ambos personajes se encuentran siendo parte de una interconexión difícil de manejar. Es decir, tenemos el poder de dirigir la vista y conocer pero luego este se desvanece en forma de polvo en el aire con la imposibilidad de controlar el instante.

La gloria del hecho es efímera por lo que la importancia que se le otorga, también. Las relaciones humanas construyen sus cimientos en el diálogo que genera confianza y el contacto físico mediante abrazos, caricias y manos juntas; perdiendo así información esencial como la ya nombrada mirada.

Así se evidencia la superficialidad que en un principio le ofrecemos a la otra persona: la tranquilidad que generan las letras que se juntan para crear palabras y formar oraciones o, en otras palabras, la calma que se siente ante la ruptura del insoportable silencio.

Recordando al Subcomandante Marcos en “La historia de las miradas” y su verdad absoluta de que “no siempre el corazón se habla con las palabras que nacen los labios” debiéramos preguntarnos qué le estamos dando al mundo. Replanteándonos esto inmediatamente surge la cuestión de la introspección: es necesario mirarse para mirar. Declararnos seres débiles en un mundo en constante cambio, tener consciencia del vacío que nos gobierna o la valentía de degustar un sabor amargo y sentir una languidez estremecedora, para luego, entre inhalaciones y exhalaciones: fortalecernos, reencontrarnos y ser.

Ser un ser cuyas relaciones sean gritos a través de sus pupilas dilatadas y que su “alma que hablar puede con los ojos también pueda besar con la mirada”.

Conocer que la más importantes de las miradas es aquella “que se mira a sí misma y se sabe y se conoce, la mirada que se mira a sí misma mirando y mirándose, que mira caminos y mira mañanas que no se han nacido todavía, caminos aún por andarse y madrugadas por parirse”, según la obra ya citada.

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La mirada: el más minúsculo de los intersticios